sábado, 23 de enero de 2010

Después de mi graduación

Al terminar la primaria todo cambió para mí. Me cambié a una escuela nueva, ya no salía ni al recreo, y para colmo mis papás se separaron.
Todo comenzó unos días antes de mi graduación. Mis padres discutían desde hacía tiempo, pero la última discusión que tuvieron fue la gota que derramó el vaso. Mi papá se fue ese día a dormir con mi abuelita, y mi mamá y yo nos quedamos en la casa. Yo ya estaba un tanto acostumbrada a esas peleas, pero sentía que esa era diferente a las demás, una pelea cansada, sin sentido.
Al día siguiente mi mamá me llevó a la escuela, como cualquier otro día.
Estuve contando cada minuto que faltaba para salir, me gustaba la escuela, pero todos tenemos algún día donde de plano no queremos estar ahí, y ese era uno de esos días.
Salí corriendo de ahí cuando sonó el timbre, me dirigí a la esquina de la escuela, donde siempre me recogían.
Pero gran sorpresa me llevé al ver que mi papá ya estaba esperándome. Me saludó muy feliz y me llevó a mi casa, pero no se bajó.
Los siguientes días fueron parecidos, mi mamá y yo en mi casa, y mi papá con mi abuela.
Hasta que un día antes de mi graduación mi mamá me dijo:
-Mi amor, nos iremos a vivir a Mexicali.
La miré con cara de pocos amigos, creí que se trataba de una broma, pero en el fondo sabía que había una posibilidad de que fuera verdad.
-Nos iremos en verdad, después de tu graduación.
-¿Qué te sucede mamá?- dije casi gritando.
Después de eso tuvimos una charla muy larga. Las dos lloramos. Ya no vería a mi papá. Mi papá que tanto quiero y adoro. Yo no tenía la culpa de sus problemas, sin embargo yo salía afectada también. Por fin llegó el tan “esperado” el día de la graduación.
Me puse un vestido, y me arreglé. Pero que más daba, pensar que llegaría a hacer maletas. Me daba tanto coraje. Desde ese día, dejé de salir a fiestas.
El día siguiente fue de lo peor. Lo único bueno fue que mi papá me llevó a comer con él. Platicamos mucho. De todo. Me pidió perdón por todo lo que me estaban haciendo sufrir. Me dijo que me quería muchísimo, y que siempre trataría de traerme de vacaciones con él. No me quería ir. Yo amaba a mi mamá, pero en esos momentos sentía también un coraje muy grande. Como si todo fuera su culpa. Quería estar con mi papá por el resto del tiempo.
Pero eso no podía ser así. Porque “los hijos son de la mamá”.
Así que en la tarde de ese día tomamos un avión hacia Mexicali. Todo el vuelo me fui llorando. Mi mamá me abrazaba de vez en cuando, pero sinceramente, eso empeoraba las cosas. Decidí escuchar música de mi iPod, pero siempre que oía una canción me recordaba a mi vida en Hermosillo. Seguí escuchando música hasta llegar a nuestro departamento, tal vez lo hacía porque no quería hablar con mi mamá.
Llegamos al departamento, estaba amueblado y limpio, pero pequeño, no me gustaba, y no me hubiera gustado aunque fuera un palacio, estaba segura.
Nos dormimos a pesar de que habíamos dormido un rato en el avión. De tanto llorar estaba agotada.
Los dos días siguientes fueron de acomodar nuestra ropa y cosas. Después de eso me quedaba en mi cuarto todos los días a escuchar música, eso sí, todos los días le hablaba a mi papá, no me importaba que le saliera caro a mi mamá, mejor.
Después de varios meses entré a la escuela. No hice amigos hasta después de una semana. Un niño medio rarito, pero amigo a final de cuentas. No salía, no hacía ningún deporte, sólo me dedicaba a hacer tareas y estudiar. En verdad me afectó esa situación.
Pasó mucho tiempo, y ya no sentía ese coraje hacía mi mamá, era mi mamá y la amaba con todo mi corazón, aunque a veces tomara las decisiones equivocadas. Hubiera sido la misma quedarnos en Hermosillo y hubiera sido mejor. Cada oportunidad que veía para irme con mi papá la aprovechaba. Visitaba a mi familia, a mis amigos, a todos.
Estaba esperando a cumplir dieciocho para irme a vivir a Hermosillo de nuevo. Extrañaba todo, como si me hubiera ido apenas ayer de ahí.
A partir de todo eso me prometí que nunca haría pasar a mis hijos por algo así. Y espero nunca tener que hacerlo, y si me tengo que divorciar de mi esposo, no me iré de la ciudad. Ni tomaré decisiones repentinas. Siempre me pregunto si mis papás sabían todo lo que estaba sufriendo. Lo ignoro.
Autora: Raquel Torúa Padilla, 15 años, 3º F de Secundaria, Colegio Larrea, Hermosillo, Sonora, México