jueves, 4 de febrero de 2010

Capítulo VIII: A setenta y ocho mil ciento catorce leguas

¿Qué había ocurrido? ¿A qué era debida aquella singular embriaguez, cuyas consecuencias podían ser tan funestas a causa de una simple ligereza de Miguel, que felizmente pudo Nicholl remediar a tiempo?

Tras un verdadero desmayo que duró pocos minutos, el capitán fue el primero en recobrar el conocimiento. Aunque había almorzado dos horas antes, sentía un hambre terrible que le atormentaba como si no hubiera comido en dos días. Su estómago, como su cerebro, se hallaba extraordinariamente excitado.

Se levantó, pues, y pidió a Miguel una comida suplementaria, pero Miguel, que estaba como un tronco, no respondió. Entonces Nicholl quiso preparar alguna taza de té para tomar tostadas, y lo primero que hizo fue encender un fósforo.

¿Y cuál no sería su sorpresa al ver que la llama de la cerilla producía una luz insufrible a la vista y que, aplicada al mechero de gas, lanzó unos resplandores como los del Sol mismo?

Al punto se le ocurrió una idea que explicaba juntamente la intensidad de la luz y las perturbaciones fisiológicas que habían sufrido y la sobreexcitación de sus facultades morales y pasionales.

—¡Es el oxígeno! —exclamó.

Y acercándose al aparato, vio que la llave dejaba salir en excesiva abundancia aquel gas incoloro, inodoro e insípido, eminentemente vital, pero que, en estado puro, produce las más graves perturbaciones en el organismo. En un momento de distracción, Miguel, había dejado enteramente abierta la llave del aparato. Se apresuró Nicholl a contener aquel escape de oxígeno que saturaba la atmósfera y que podía ocasionarles la muerte, no por asfixia, sino por combustión.

Una hora después, el aire, menos cargado, permitía a los pulmones respirar en su estado normal. Poco a poco volvieron de su embriaguez los tres hombres; pero tuvieron que dormir la borrachera de oxígeno como duerme la del vino el beodo.

Al enterarse Miguel de la responsabilidad que, le cabía en aquel suceso, no manifestó arrepentimiento. Al contrario, aquella embriaguez inesperada rompía un poco de monotonía del viaje. Muchas tonterías se dijeron bajo su influencia, pero todas estaban ya olvidadas.

—Y además —añadió el joven francés—, no me pesa haber saboreado un poco ese gas embriagador. ¡Sepan, amigos míos, que podría fundarse un establecimiento curioso, con gabinete de oxígeno, donde las personas de organismo débil podrían dar mayor actividad a su vida durante algunas horas! ¡Supongan una reunión en que el aire se hallase saturado de este fluido heroico, teatros en que la administración lo mandase preparar en gran cantidad, y figúrense qué pasión habría en el ánimo de los actores y de los espectadores, qué fuego, qué entusiasmo! Y si en lugar de una simple reunión, se pudiera saturar a todo un pueblo, qué actividad, qué exuberancia de vida recibiría! ¡De una nación degenerada se podría hacer una nación grande y poderosa, y conozco más de un Estado de nuestra vieja Europa que debería someterse al régimen del oxígeno, por interés de su salud!

Miguel hablaba y se animaba, en términos que parecía estar todavía abierta la llave. Pero Barbicane apagó su entusiasmo.

—Todo eso está muy bien, amigo Miguel —le dijo—; pero ¿no nos dirás de dónde vienen esas gallinas que se han mezclado en nuestro concierto?

—¿Esas gallinas?

—Sí.

Y en efecto, media docena de gallinas y un gallo magnífico andaban de un lado para otro, revoloteando y cacareando.

—¡Ah, torpes! —exclamó Miguel—. El oxígeno las ha sublevado.

—Pero ¿qué vas a hacer con esas gallinas? —preguntó Barbicane.

—¡Aclimatarlas en la Luna, por Dios!

—Entonces, ¿por qué las escondías?

—¡Era una sorpresa que os reservaba, mi digno presidente, pero que ha fracasado, como veis de un modo lastimoso! ¡Quería soltarlas en la Luna sin deciros nada! ¡Cuánto os hubiera sorprendido ver a esos volátiles terrestres picoteando en los campos lunares!

—¡Ah, tunante, eterno y sempiterno! —respondió Barbicane—. ¡Tú no necesitas oxígeno para perder la cabeza! ¡Siempre estás como estábamos hace un rato bajo la influencia del gas! ¡Loco de remate!

—¡Bah! ¿Y quién te ha dicho que no estábamos en aquel momento cuerdos y muy cuerdos? —replicó Miguel Ardán. Tras esa reflexión filosófica, los tres amigos repararon el desorden del proyectil. Las gallinas y el gallo fueron encerrados otra vez en su jaula. Pero al efectuar esta operación, Barbicane y sus dos compañeros advirtieron muy marcadamente un nuevo fenómeno.

Desde el momento en que salieron de la Tierra, su propio peso, así como el de todos los objetos que encerraba el proyectil y el de éste mismo, había sufrido una considerable disminución. Si no podían apreciar esta disminución respecto del proyectil, debía llegar un instante en que sería sensible respecto de ellos y de los utensilios e instrumentos de que se valían.

Inútil es decir que una balanza no habría apreciado esta pérdida de peso, porque las pesas la hubieran sufrido igual; pero una balanza de resorte, por ejemplo, cuya tensión es independiente de la fuerza de atracción, hubiera demostrado con exactitud la pérdida sufrida.

Ya sabemos que la atracción, llamada por otro nombre gravedad, es proporcional a las masas y está en razón inversa del cuadrado de las distancias. De aquí se deduce esta consecuencia: si la Tierra hubiera estado la en el espacio; si los demás cuerpos celestes hubieran desaparecido súbitamente, el proyectil, según la ley de Newton, hubiera pesado tanto menos cuanto más se hubiera alejado de la Tierra, aunque sin perder nunca enteramente su peso, porque la atracción terrestre se habría sentido siempre a cualquier distancia. Pero en aquellas circunstancias tenía que llegar un momento en que el proyectil no se hallase en modo alguno sometido a las leyes de la gravedad, haciendo abstracción de los demás cuerpos celestes, cuyo efecto podía considerarse como nulo.

En efecto, la trayectoria del proyectil se trazaba entre la Tierra y la Luna. A medida que se alejaba de la Tierra la atracción terrestre disminuía en razón inversa del cuadrado de las distancias, pero también la atracción lunar aumentaba en la misma proporción. Así, pues, neutralizándose ambas atracciones, el proyectil no pesaría nada. Si las masas de la Luna y de la Tierra hubieran sido iguales, este punto se habría encontrado a igual distancia de ambos astros. Pero teniendo en cuenta la diferencia de masas, era fácil calcular que aquel punto estaría situado a los cuarenta y siete cincuentaidosavos del viaje, o sea a setenta y ocho mil ciento catorce leguas de la Tierra.

En aquel punto, cualquier cuerpo que no llevase en sí un principio de velocidad de traslación, permanecería eternamente inmóvil, siendo igualmente atraído por los dos astros y no habiendo otra fuerza que le impulsase hacia cualquiera de los dos.

Ahora bien; si se había calculado exactamente la fuerza impulsiva, el proyectil debía llevar a aquel punto con una velocidad nula, habiendo perdido todo inicio de gravedad, como igualmente los objetos que encerraba. ¿Qué sucedería entonces? Tres hipótesis se presentaban que debían producir consecuencias muy diferentes.

O el proyectil habría conservado cierta velocidad, y pasando del punto de la atracción igual, caería en la Luna en virtud de la atracción lunar.

O faltándole la velocidad para llegar al punto de atracción igual, caería a la Tierra, en virtud de la atracción terrestre.

O finalmente, animado por una velocidad suficiente para llegar al punto neutral, pero insuficiente para pasar de él, permanecería eternamente suspendido en aquel sitio, como el supuesto sepulcro de Mahoma, entre el cenit y el nadir.

Tal era la situación, y Barbicane explicó claramente sus consecuencias a sus compañeros de viaje, a quienes el asunto interesaba en el más alto grado. Ahora bien, ¿cómo podrían conocer que el proyectil había llegado al punto neutral situado a: sesenta y ocho mil ciento catorce leguas de la Tierra? Precisamente cuando ni ellos ni los objetos encerrados en el proyectil se sintieran sometidos a las leyes de la gravedad.

Hasta entonces los viajeros, si bien advertían que esta acción disminuía cada vez más, no habían reconocido que, faltase totalmente. Pero aquel mismo día, a eso de las once de la mañana, un vaso que tenía en la mano Nicholl, y que soltó inadvertidamente, se quedó en el aire en vez de caer al suelo.

—¡Bola! —exclamó Miguel—. ¡Vamos a tener un poco de física recreativa!

Y en efecto, en el mismo instante varios objetos, armas, botellas, abandonados a sí mismos, se sostuvieron como por milagro. La perra Diana, colocada por Miguel en el espacio, reprodujo, aunque sin secreto alguno, la suspensión maravillosa, operada por los Caston, los Roberts-Haudin y otros. La perra, por su parte, no parecía advertir que se hallaba en el aire.

Estaban sorprendidos y estupefactos, a pesar de las razones que tenían para explicar que faltaba a su cuerpo gravedad. Si extendían sus brazos, se quedaban de este modo, sin bajarlos; su cabeza no se inclinaba a ningún lado, y sus pies no tocaban al fondo del proyectil. Parecían hombres ebrios a quienes faltaba la estabilidad. La imaginación ha creado hombres invisibles o sin sombra. Pero allí la realidad, sólo por la neutralización de las fuerzas atractivas, hacía hombres que no pesaban.

Súbitamente, Miguel, tomando impulso, se desprendió del fondo y quedó suspendido en el aire, como el fraile de la Cocina de los Ángeles, de Murillo. Sus dos amigos se le reunieron al momento, y juntos los tres en el centro del proyectil, figuraban una asombrosa ascensión milagrosa.

—¿Esto es creíble? ¿Es verosímil? ¿Es posible? —exclamó Miguel—. ¡No, y sin embargo, es cierto! ¡Ah! Si Rafael nos hubiera visto así, ¡qué Ascensión hubiera trazado en el lienzo!

—La ascensión no puede durar —respondió Barbicane—. Si el proyectil pasa del punto neutral, la atracción de la Luna nos llevará hacia ella.

—Entonces nuestros pies descansarán en la bóveda del proyectil ——respondió Miguel.

—No tal —dijo Barbicane—; el proyectil tiene su centro de gravedad abajo; y se volverá poco a poco.

—Entonces todo el moblaje va a verse revuelto en un momento.

—No tengas cuidado, Miguel —respondió Nicholl—. No habrá trastorno alguno; ningún objeto se moverá, porque la evolución del proyectil se hará insensiblemente.

—En efecto —añadió Barbicane—, y cuando haya pasado el punto de atracción igual,:su fondo, relativamente más pesado lo arrastrará en dirección perpendicular a la Luna. Pero para que este fenómeno se produzca, es menester que hayamos pasado la línea neutral.

—¡Pasar la línea neutral! —exclamó Miguel—. Entonces hagamos como los marinos cuando pasan el Ecuador: ¡mojemos nuestro paso!

Con un ligero movimiento de lado, se acercó Miguel ala pared; tomó allí una botella y vasos, los colocó en el espacio, delante de sus compañeros, y bebiendo alegremente, saludaron a la línea con una triple inclinación.

Aquella influencia de la atracción duró una hora escasa. Los viajeros se sintieron poco a poco atraídos al fondo del proyectil, mientras el extremo superior de éste, según las observaciones de Barbicane, se apartaba poco a poco de la dirección de la Luna, y por un movimiento inverso, se acercaba a ella la parte inferior. La atracción lunar reemplazaba, pues, a la atracción terrestre. Por consiguiente empezaba la caída hacia la Luna, aunque casi insensible todavía; puesto que no debía ser más que un milímetro y un tercio en el primer segundo, o sean quinientas noventa milésimas de línea. Poco a poco iba aumentándose la fuerza atractiva, la caída sería más marcada, el proyectil presentaría su cono superior a la Tierra y caería con una velocidad creciente hasta la superficie del continente selenita. El objeto, pues, iba a conseguir se, sin que nada pudiera impedir el buen éxito de empresa; y así Nicholl y Miguel Ardán participaban de la alegría de Barbicane.

Hablaron luego de todos aquellos fenómenos que les maravillaban uno tras otro, y especialmente aquella neutralización de las leyes de la gravedad. Miguel Ardán, siempre entusiasta, quería deducir de ellos consecuencias que no eran sino puro capricho.

—¡Ah, mis dignos amigos! ¡Qué progreso tan grande si pudiésemos librarnos tan fácilmente de esa gravedad, de esa cadena que nos sujeta a ella! ¡Sería la libertad del prisionero! ¡No más cansancio de brazos ni de piernas! Y si es verdad que para volar en la superficie de la Tierra, para sostenerse en el aire por el solo ejercicio de los músculos, se necesita una fuerza ciento cincuenta veces superior a la que poseemos, un simple acto de voluntad, un capricho, nos transportaría al espacio, si no existiera la tracción.

—En efecto —dijo riendo, Nicholl—. Si se llegara a suprimir la gravedad como se suprime el dolor por la anestesia, ved ahí una cosa que sembraría la paz en las sociedades modernas.

—Sí —respondió Miguel, fijo en su idea—: destruyamos la gravedad y se acabaron las cargas. No más grúas, no más gatos, no más cabrestantes, ni tornos, ni máquina alguna, que ya no serían necesarias.

—Muy bien dicho —contestó Barbicane—. Pero si se suprimiera la gravead ningún objeto permanecería en su sitio, ni tu sombrero en tu cabeza, ni u casa, cuyas piedras se mantienen juntas por su peso. No podría haber arcos, porque si se sostienen sobre las aguas, es sólo por la gravedad. No habría océano, puesto que sus olas no estarían contenidas por la atracción terrestre; en fin, tampoco habría atmósfera, porque sus moléculas, al no ser retenidas por la gravedad, se dispersarían en el espacio.

—¡Triste es eso! —replicó Miguel—. No hay como esta gente positiva para volverle a uno bruscamente a la realidad.

—Pero consuélate, Miguel —añadió Barbicane—, porque si no hay astro alguno en que no existen las leyes de la gravedad, por lo menos vas a visitar uno en que aquélla es mucho menos que en la Tierra.

—¿La Luna?

—Sí, la Luna. Como su masa no es más que la sexta parte de la del globo terrestre y la gravedad es proporcional a las masas, los objetos pesan allí seis veces menos.

—¿Y lo advertiremos nosotros? —preguntó Miguel.

—Indudablemente, supuesto que 200 kilogramos no pesan más que 30 en la superficie de la Luna.

—¿Y no disminuirá nuestra fuerza muscular?

—De ningún modo; en lugar de elevarte a un metro, saltando, te elevarás a dieciocho pies de altura.

—¡Entonces seremos Hércules en la Luna! —exclamó Miguel.

—Seguramente —respondió Nicholl—; tanto más cuanto que si la estatura de los selenitas es proporcionada a la masa de su globo, tendrán apenas un pie de altura.

—¡Liliputienses! —replicó Miguel—. ¡Voy a hacer, pues, el papel de Gulliver! ¡Vamos a realizar la fábula de los gigantes! Ved ahí la ventaja de abandonar el planeta propio y recorrer el mundo solar.

—Escucha un momento, Miguel —respondió Barbicane—; si quieres hacer de Gulliver, no visites más que los planetas inferiores, como Mercurio, Venus o Marte, cuya masa es menor que la de la Tierra. Pero no te arriesgues a visitar los planetas grandes, como Júpiter, Saturno, Urano o Neptuno, porque entonces se trocarían los papeles, y serías, tú el liliputiense.

“En el Sol, si su densidad es cuatro veces menor que la de la Tierra; su volumen es unas trescientas veinticinco mil veces mayor y la atracción veinticinco veces más fuerte que en la superficie de nuestro globo. De manera que guardadas todas las proporciones, los habitantes deberían tener, por término medio, doscientos pies de altura.

—¡Demonio! —exclamó Miguel—. Allá no sería yo más que un pigmeo.

—Gulliver entre los gigantes —dijo Nicholl.

—Cabalmente —dijo Barbicane.

—Y no sería inútil llevar piezas de artillería para defenderse.

—¡Bah! —replicó Barbicane—. Tus balas no harían efecto alguno en el Sol y caerían al suelo a los pocos metros.

—¡Qué cosa más rara! Se me antoja una fantasía.

—Pero cierta —respondió Barbicane—. La atracción es tan grande en aquel astro enorme, que un objeto de peso de 70 kilogramos en la Tierra, pesaría 1,930 en la superficie del Sol. Un sombrero, 10 kilogramos; tu cigarro media libra—Y en fin, si tú cayeras al suelo en el continente solar, no podríamos levantarte, porque tu peso sería de 2,500 kilogramos.

—¡Diablo! —exclamó Miguel—. Sería Menester entonces llevar consigo una cabria. Pues bien, amigos míos, contentémonos por hoy con la Luna allí a lo menos haremos un buen papel. Más adelante veremos si nos conviene ir al Sol, donde no puede uno beber sin el auxilio de un cabrestante para llevarse la copa a los labios.